TEMBLOR EN SALTA El Galpón: el día después del temblor


Entre la incertidumbre, la improvisación, el miedo y la fe, los habitantes de El Galpón tratan de reconstruir sus vidas. ¿Cómo fue el día después del movimiento sísmico que marcó un antes y un después en un pueblo de 7.000 personas.


No solo las paredes exhiben grietas. El día después de un sismo de 5.9 que dejó un saldo de una persona muerta, más de 18 evacuados y 20 edificios destruidos, no hay habitante en El Galpón que no muestre esa fisura.

“Un terremoto destruye en un instante nuestros más enraizados conceptos. La tierra, el emblema mismo de la solidez, se ha movido bajo nuestros pies como un fluido. En un segundo nuestra mente ha creado la extraña idea de inseguridad que horas de reflexión no habrían producido”, escribió Charles Darwin. Y esa extraña idea de inseguridad es lo que se ve en los habitantes de El Galpón.
Las calles están marcadas parcial o totalmente con cintas de peligro que pocas personas respetan. Las paredes señalizadas con las letras “D” van a ser derrumbadas a partir de mañana, ya han sido evaluadas como “irrecuperables”. Las que tienen un signo de interrogación, son las que, tal vez, no van a ser tiradas abajo. Algunas paredes, además, portan mensajes casi premonitorios:



Ramona es una de las 18 personas que durmió en el complejo deportivo. No quiere hablar mucho. Dice que estaba en el fondo de su casa cuando sintió un ruido en el techo. Pensó que eran gatos corriendo. Pero el ruido se hizo más fuerte y se dio cuenta que no podían ser los gatos. Luego solo atinó a correr y por eso se salvó. A su lado, está Analía otra de las mamás en el lugar. Y esto dijo mirando a la cámara:

Sus hijas corren por el lugar. El complejo deportivo está repleto de criaturas. Algunas juegan a la pelota y parecen distraerse de todo. Pero no olvidan. Tatiana va a cuarto grado y está preocupada porque no hizo la tarea. También porque sus útiles y cuadernos quedaron en la casa que tuvieron que abandonar corriendo. Alex, de 9, patea una pelota casi por inercia y cuando se le pregunta cómo está responde: “masomenos.” Algunos extrañan sus animalitos. Una madre de tres dice que el perrito se quedó, pero los gatos desaparecieron y no han vuelto. Todos esperan que los dejen ingresar a las viviendas para, al menos, recobrar ropa y útiles.

En una de las casas marcadas con una “D” funcionaba una verdulería. Ayer a la mañana, su dueño, Miguel, decidió arriesgarse: entró al lugar y con su mujer y sus empleados empezaron a donar la mercadería. Aunque el lugar está encintado, y corre peligro de derrumbe, la gente hace cola y se empuja para entrar. Mientras permanece el personal de Defensa Civil en el lugar, la entrada y salida de personas mantiene cierto orden, pero apenas se va el caos se generaliza. Las personas se abalanzan sobre los cajones de frutas y verduras, y tratan de llenar sus bolsas a como dé lugar. La esposa de Miguel los reta, trata de poner orden, les pide que no se empujen contra las paredes porque se puede venir todo abajo. Hay algo roto en su voz, cuando cansada termina echando a la gente del lugar. Reniega en voz alta: solo quería que esa mercadería no se tire, que no quede bajo los escombros. Reniega de la condición humana, de la mezquindad, de la impotencia. Las lágrimas que ella no vierte, las derrama su marido cuando intenta poner en palabras su situación.
Hay psicólogos del gobierno asistiendo a los vecinos. Y hacen falta: por más que las personas estén físicamente bien, cuando cuentan lo sucedido todos se quiebran. Ponciano, por ejemplo, tiene 79 años, y su voz se paraliza cuando detalla que el sismo hizo caer a su mujer y él también se tiró al piso. El mismo intendente, que el sábado lloró en una conferencia de prensa, hoy apenas si puede contener el llanto cuando habla del trabajo que están realizando, y sobre todo cuando se acuerda de la única víctima: una mujer de 94 años, que había sido maestra y secretaria de la Iglesia, una mujer que casi no fue velada porque era riesgoso juntar mucha gente en un lugar, cuando todos siguen alertas ante una nueva réplica.


¿También la fe se ha agrietado? La expresión “gracias a Dios” está en todas las bocas. “Gracias a Dios fue sábado”, “Gracias a Dios los chicos no pasaban por ahí”. “Gracias a Dios salí corriendo rápido”. El mismo intendente Héctor Romero repite la frase. Si no hay más muertos, ni más heridos, con todos los derrumbes que hubo, no es por las medidas del municipio, sino gracias a Dios. No es una muletilla: en su oficina, donde ayer dio una conferencia de prensa, están, debajo de un cuadro del gobernador, las figuras del patrón del pueblo, San Francisco Solano y, desde luego, el Señor y la Virgen del Milagro.


Ayer, cuando las máquinas amenazaron con derrumbar, la torre de la iglesia, señalizada para demoler, los vecinos frenaron su accionar, intentaron borrar la letra “D” y ahora quieren que se haga lo posible para no tirarla abajo. Después sacaron en andas a San Francisco Solano, el patrono de El Galpón y del Folklore Argentino.

Las deficiencias edilicias históricas y la falta de bomberos en todo el municipio parecen ser compensadas por esa fe. Pero después de que el emblema de la solidez se sacudiera creando esa extraña inseguridad, la fe mantiene a las personas de pie, pero no puede borrar sus grietas interiores.

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